Estrategia de Salud Mental para Adolescentes
Un testimonio de transformación comunitaria en Arandas
¿Qué sucede cuando una comunidad decide escuchar lo que sus adolescentes están viviendo?
A veces, una transformación comienza con algo tan sencillo y tan importante como escuchar.
Escuchar una preocupación de una madre.
Una observación de un maestro.
El silencio de un adolescente.
Una señal que quizá podría pasar desapercibida.

Así comenzó una parte importante de nuestro trabajo en INADEJ: al reconocer que detrás de algunas conductas, silencios y dificultades de nuestros jóvenes podía haber una realidad emocional que necesitaba ser atendida.
La Estrategia de Salud Mental y Prevención de la Violencia en Adolescentes nació de esa escucha y de la convicción de que no podemos hablar de desarrollo comunitario si dejamos de lado la vida interior de las personas.
Hoy, esa experiencia queda reunida en el libro Estrategia de Salud Mental para Adolescentes. Un testimonio de transformación comunitaria en Arandas, como una forma de documentar lo vivido, compartir nuestros aprendizajes y poner esta experiencia al servicio de quienes puedan encontrar en ella una referencia para seguir construyendo comunidades más sanas, seguras y humanas.
Cuando atender lo invisible se volvió urgente
Durante la pandemia de COVID-19, niñas, niños y adolescentes enfrentaron cambios profundos en su vida cotidiana. El aislamiento, la interrupción de las actividades escolares, la falta de convivencia con sus compañeros y la incertidumbre que vivimos como sociedad dejaron huellas que no siempre eran visibles.
Pero fue al regresar a las escuelas cuando comenzamos a escuchar con mayor claridad algunas de esas señales. En nuestros acercamientos con instituciones educativas encontramos indicios de ansiedad, depresión, violencia y, en algunos casos, pensamientos relacionados con quitarse la vida.
Aquello nos obligó a mirar más allá de lo evidente, heridas que no se ven.
Hay jóvenes que continúan asistiendo a clases mientras llevan consigo angustias que no saben expresar. Hay familias que quieren ayudar, pero no siempre cuentan con las herramientas para reconocer lo que está ocurriendo. Y hay maestros que, aun teniendo una enorme disposición para acompañar a sus alumnos, necesitan preparación y apoyo para saber cómo actuar.
Frente a esta realidad, permanecer indiferentes no era una opción.
Había que escuchar.
Había que aprender.
Y, sobre todo, había que actuar.
De una necesidad detectada a una estrategia comunitaria
La estrategia se fue construyendo paso a paso, a partir de la realidad que encontramos en las escuelas y de la colaboración con quienes decidieron involucrarse.
En una primera etapa implementamos un proyecto piloto en una escuela secundaria. La situación que encontramos confirmó la urgencia de trabajar en la detección y atención de adolescentes que presentaban señales de riesgo.
La prueba piloto comenzó con evaluaciones para actuar acorde a las necesidades reales, y brindar los servicios adecuados, entre ellos: atención psicológica, talleres preventivos y diálogo con la comunidad educativa.
También encontramos obstáculos.
Hubo dificultades para lograr la participación de algunas familias. Encontramos prejuicios alrededor de la atención psicológica y resistencia frente a determinados temas. Descubrimos que algunos instrumentos de evaluación no respondían completamente a las características y necesidades de nuestra población.
Pero cada dificultad se convirtió también en una oportunidad para aprender, ajustamos nuestros instrumentos, modificamos nuestros talleres, fortalecimos el trabajo con madres y padres, y diseñamos protocolos para que los docentes pudieran identificar señales de riesgo y canalizar oportunamente a los estudiantes.
La estrategia fue creciendo porque nosotros también fuimos aprendiendo.
Crecer significa llegar más lejos
Después de la experiencia piloto, la estrategia se extendió a otras escuelas secundarias de la cabecera municipal y posteriormente a telesecundarias rurales. El trabajo incorporó nuevos instrumentos de evaluación, reuniones con madres y padres, atención individual y talleres diseñados específicamente para adolescentes.
Los talleres preventivos también evolucionaron, buscamos utilizar un lenguaje más cercano para los estudiantes y creamos espacios para hablar de convivencia, emociones, autoestima, relaciones saludables y prevención del suicidio.
Porque prevenir no significa solamente advertir sobre un riesgo, también significa dar herramientas para vivir mejor.
Entendimos que la escuela no está sola
Con el paso del tiempo, una conclusión se hizo cada vez más evidente: no podemos trabajar únicamente con los adolescentes.
La salud mental se construye dentro de sistemas donde todos estamos relacionados.
La familia influye.
La escuela influye.
Los docentes influyen.
La comunidad influye.
El entorno social influye.
Por eso, si queremos generar cambios duraderos, necesitamos involucrarnos todos. La salud mental es un derecho y una necesidad urgente, no es un privilegio ni un tema reservado para quienes atraviesan una crisis. Es parte de la formación integral de nuestros jóvenes y del bienestar de nuestras familias.
Estrategia de Salud Mental para Adolescentes. Un testimonio de transformación comunitaria en Arandas busca conservar la memoria de una experiencia que fue construida entre muchas personas y compartir los aprendizajes que dejó. Es, al mismo tiempo, un testimonio de lo que puede ocurrir cuando una comunidad decide trabajar de manera articulada frente a una problemática compleja.
Y queremos que pueda ser también una herramienta que sirva para consultar, para reflexionar, para aprender, para inspirar nuevas conversaciones y cuándo las condiciones lo permitan, para encontrar caminos que puedan adaptarse a otras comunidades.
Una responsabilidad que nos corresponde a todos
La salud mental es una responsabilidad que nos corresponde a todos. Cada uno, desde su ámbito, tiene algo que aportar y una responsabilidad que asumir para construir comunidades donde nuestros jóvenes puedan desarrollarse con dignidad.
Los gobiernos, las empresas, las instituciones educativas y la sociedad civil tenemos capacidades, recursos, conocimientos y oportunidades que pueden ponerse al servicio de los demás. No se trata de que una institución sustituya a otra, sino de que cada quien haga su parte, fortalezca lo que otros realizan y pongamos nuestras capacidades al servicio de un propósito común.
Porque cuando cada quien aporta lo que puede, el esfuerzo individual se convierte en transformación colectiva y cuando una comunidad decide cuidar a sus jóvenes, no solamente está atendiendo el presente. Está construyendo el futuro que quiere para todos.
“El fruto del silencio es la oración,
Santa Teresa de Calcuta
el fruto de la oración es la fe,
el fruto de la fe es el amor,
el fruto del amor es el servicio,
y el fruto del servicio es la paz.”
